Ghost in The Shell

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Por fin se estrenó el pasado 31 de marzo, Ghost in the Shell bajo el pésimo subtítulo de vigilante del futuro y aunque no llegó a los niveles de Dragon Ball Evolution o Street Fighter otra vez nos quedamos con las ganas de que fuera una buena adaptación de la Biblia del Cyberpunk.

De ante mano sabemos que se trata de un anime y un manga de culto por lo que esperar demasiado de su versión chino-estadounidense era arriesgado y aunque le dimos el beneficio de la duda, se confirmó la maldición de tráiler bueno, pésima película.

Más que adaptación es un copia pega de dos animes (Ghost in the Shell y Ghost in the Shell 2: Innocence), con un toque de Matrix donde en lugar de abordar la complejidad de un siniestro futuro distópico dominado por el poder tecnológico de las corporaciones, vemos un futuro vibrante y altamente tecnológico donde las mejoras al ser humano forman parte de la vida diaria pero como si se tratara de meras banalidades.

Por si eso no fuese suficiente, la historia deja a un lado la profunda reflexión existencialista y filosófica de la versión de Mamoru Oshii para centrarse en una sencilla historia explicativa sobre búsqueda de la identidad robada de la Mayor, interpretada por Scarlett Johansson, a quien para colmo de males le cambiaron el legendario nombre de Motoko Kusanagi por otro más anodino, Meera.

Acorde a los tiempos de su estreno en salas, El Ghost in the Shell de Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador) es totalmente light, cambia el trasfondo fenomenológico y lo reduce a un simple conflicto personal y sencillo: un cerebro humano dentro de una máquina.

Es un intento de adaptación en el terreno visual, donde ni la copia al carbón de algunas de las secuencias más icónicas de la franquicia, la salvan de la caída. El esfuerzo por hacerla taquillera redujo la complejidad de la historia y conceptos a lo más elemental para conectar más con el público. La cinta peca tanto de explicativa, al grado de digerirlo todo, desde las primeras líneas que explican el título de la misma. Es tan entretenida como innecesaria, su única razón de ser es hacerla accesible a las masas que la van a adorar.

Lo único rescatable es el papelazo de Takeshi “Bit” kitano como Daisuke Aramaki, (el Taratino japonés para quienes no lo conozcan) hace que valga la pena aguantar las dos horas.

Calificación: 6.5

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Roger Muñoz

Sibarita, irónico e irreverente, Comunicólogo de profesión, texto-servidor por accidente. Converso al “Indie” desde el 2009 después de vivir una experiencia místico-digital. Audiofilo de closet. Lector compulsivo de libros; amante del rock, el jazz, el cine, los cómics y la ópera. Otaku retirado y Japonfílico rehabilitado. Su alter-ego “starcat” a veces piensa por él.

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