Blur – Parklife

El pasado 25 de abril se cumplieron 24 años del lanzamiento de uno de los mejores álbumes de los años 90 y la obra cumbre de sus creadores: Parklife de Blur, solo había pasado un año desde el extraordinario Modern Life Is Rubbish, el inicio de la trilogía legendaria que termina con The Great Escape para completar el mosaico sonoro que sería el mejor retrato de la decadente sociedad inglesa de la última década del siglo XX, pero con un profundo sentimiento nacionalista y una exaltación de la cultura pop británica que se resistía a ser devorada  por el grunge.

Cuando la prensa musical inglesa proclamaba a Suede como los nuevos héroes del pop inglés, todos los oídos inteligentes se dirigirían a Blur, después una deslucida gira estadounidense con su primer placa, Leisure, y atentos a las nuevas pretensiones ideológicas que se estaban gestando en Gran Bretaña, surgiría en ellos un fuerte sentimiento patriótico. Sabían que el camino correcto era hacer música de marcado espíritu nacional y no hubo mejor manera de hacerlo que abrazar su larga e ilustre tradición pop, así como reflejar las costumbres de la sociedad de su época. En Modern Life Is Rubbish encontrarán su sonido característico, con los Kinks como referentes, elementos de la tradición británica más guitarrera con recursos electrónicos propios del new wave, el grupo daría lugar a un sonido propio y atractivo.

La bomba estaba lista y la mecha del Britpop encendida. Quienes se atrevieron a proclamar anticipadamente el reinado de Suede, no contaban con que  atravesarían problemas internos por el ego de sus integrantes, Blur dio justo en el blanco con su nueva munición sonora. Un disparo preciso, conciso y macizo al centro de aquella diana tricolor que The Who llevó orgulloso con los colores de su nación a través del globo. En Parklife, los Blur recogían y sintetizaban el espíritu de la sociedad británica del momento; el del optimismo hedonista de un país que pretendía retomar su pasado glorioso. Sus letras hablaban de lo que significaba ser londinense en los 90 y celebraba la vida británica con sus momentos agridulces.

Blur sentía tanta euforia por la capital inglesa que “London” fue la primera idea para titular el disco. Un álbum donde convergen un amplísimo abanico de influencias que evocan un vasto pasado sonoro, poniendo de manifiesto la riqueza musical que el pop británico había desarrollado a  través de tres décadas.

Abre con “Girls and Boys”, una pista dance pop terriblemente pegadiza inspirada por unas vacaciones que Damon Albarn pasó con su novia Justine Frischmann, a la sazón, voz y guitarra de Elastica, en Magaluf. Una atmósfera apropiada para acompañar un texto que habla sobre el desenfreno en las fiestas rave de los noventa. Lugares desprovistos de toda moral donde el sexo sin complejos es la manifestación social imperante. Seguida de “Tracy Jacks”, un funcionario británico de clase media hastiado por la rutina cuyo escepticismo terminará costándole la vida. Un riff sencillo de dos acordes será la base en torno a la cual se integren diferentes recursos sonoros que transitan como efímeros ornamentos para enriquecer el tema.

Ecos beatlelianos resuenan en “End of a Century”, una composición nostálgica que canta a la rutina, al paso inexorable del tiempo y mira con desdén el inminente cambio de siglo que tanta histeria producía entre la población: “End of a century, oh it’s nothin’ special”. Un estribillo extraordinario, una melodía a la trompeta al más puro estilo “For No One” y un pasaje vocal hábilmente armonizado que evoca, las formas de proceder de un fabuloso cuarteto en el ecuador de la década prodigiosa.

Uno de los puntos más altos llega con “Parklife”. Un retrato de la vida de un desempleado que desborda humor y despreocupación por los cuatro costados. Con estrofas narradas por el actor Phil Daniels (Jim en la mítica Quadrophenia), será en el pegadizo estribillo donde Damon Albarn retoma el micrófono. El desempleo era un tema recurrente en esta  etapa del Britpop. Un acercamiento al punk en “Bank Holiday”, apenas dos minutos de guitarras duras y pesadas, así como voces reivindicativas e irónicas para captar una instantánea de los hábitos sociales recreativos propios de los días festivos. Como una continuación temática de las anteriores se presenta “Badhead”. El tedio de la juventud vuelve a ser el protagonista de una composición sensible y sofisticada, de sublimes guitarras cristalinas, arreglos de órgano y flauta que aportan emoción.

Nos topamos con “The Debt Collector”, audaz experimento instrumental de tipo lúdico-festivo donde el órgano y la sección de viento son los protagonistas. Un divertimento que resulta irónico ante la realidad social descrita en los cortes anteriores. Ridiculizándolas, cargándolas de banalidad, subrayando concepto del disco anterior: La vida moderna es una basura, dotando de unidad a ambos trabajos. La experimentación sonora continua en “Far Out”, pista sencilla y un tanto prescindible, salpicada de tintes psicodélicos que marca uno de los puntos más bajos. La chanson francesa, tan popular e influyente en la década de los sesenta, también tendrá cabida  en “To the End”, una deliciosa balada romántica de esplendorosa orquestación de un sensual recitado de versos en francés por parte de Lætitia Sadier, cantante, teclista y guitarrista de la banda británica de post-rock, Stereolab.

Uno de los mejores cortes “London Loves”, repleta de pequeños matices que llaman la atención en su aparente caos. Con especial incidencia en el ágil juego de guitarras que se desarrollan en las estrofas, una auténtica delicia para los oídos. Una escueta y minimalista introducción electrónica inicia “Trouble in the Message Centre” antes de estallar a base de guitarrazos y una poderosa percusión. Una dosis de post-punk de naturaleza bailable que da paso a un pop barroco que alcanza la sublimidad desde los primeros compases en “Clover Over Dover”. Poco hay tan maravilloso en este álbum como la combinación entre la clave y la exquisita línea melódica de la guitarra eléctrica, sin menospreciar, el tratamiento de las voces.

“Magic America”, constituye un canto irónico al siempre deseado sueño “americano”, tema agradable y pegadizo donde nuevamente introducen algunos recursos experimentales, pero que se antoja bastante simple tras los tres formidables cortes anteriores.

El fantasma del desempleo vuelve a hacer acto de presencia en “Jubilee”, Garage rock potente, festivo, para narrar la historia de un adolescente sin trabajo y sin interés por encontrarlo. Un nini en toda la expresión de la palabra que acaba con la paciencia de su padre.

La épica y la melancolía suenan en “This Is a Low”, una panorámica sonora de la geografía inglesa que nos trae a la memoria la “Penny Lane” que Paul McCartney nos describiera en 1967. Llegamos a la última pista del álbum, “Lot 105”, tema instrumental lúdico-festivo al órgano. Un cierre dinámico que, como ocurría con el otro corte similar, parece una broma sonora, dado el calibre del álbum. En síntesis las desventuras de la sociedad londinense de su época y una celebración de la vida británica, felices 24 primaveras.

Roger Muñoz
Roger Muñoz
Roger Muñoz. Sibarita, irónico e irreverente, Comunicólogo de profesión, texto-servidor por accidente. Converso al “Indie” desde el 2009 después de vivir una experiencia místico-digital. Audiofilo de closet. Lector compulsivo de libros; amante del rock, el jazz, el cine, los cómics y la ópera. Otaku retirado y Japonfílico rehabilitado. Su alter-ego “starcat” a veces piensa por él.

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