Clímax y los engendros de Gaspar Noé

Por Adyerin Rueda

Lo terrible del LSD es que es impredecible, no hay certeza sobre el viaje ni el destino que depara a su consumidor. En dosis controladas, con un estado emocional estable y en un lugar tranquilo puede que la droga sea amable y el paisaje se llene de colores increíbles, texturas agradables y música tangible; en cambio, si la ingesta es mayor a la que el organismo es capaz de tolerar y el ambiente no es el adecuado, todo lo que se reprime y oculta perseguirán al usuario hasta la locura; los deseos más oscuros y los miedos más profundos saldrán de su escondite para volarle la cabeza. Y esto es precisamente lo que sucede en Clímax, el más reciente thriller de Gaspar Noé.

Aunque las consecuencias de las drogas pueden ser devastadoras, los humanos son asiduos a probarlas. Nada de lo humano nos puede ser ajeno, decía Terencio por allá del siglo III antes de Cristo, pero lo cierto es que la sociedad, desde entonces y hasta ahora, se niega a mirar de frente a la realidad y se ciega ante la oscuridad inherente de nuestro ser. Pocos son los cineastas que arrancan esa venda de los ojos, juegan con ella y la tiran a nuestra cara victoriosos. Uno de ellos es el director argentino Gaspar Noé que ha sido, durante toda su carrera, promotor del extremismo audiovisual.

Interesado no por cuántos ven sus películas sino por la cantidad de gente que se sale de las salas de cine a mitad de la proyección, sus filmes son un compilado de imágenes e historias violentas y compulsivas. Clímax, la última de su aclamada lista, es la más surrealista y la menos sanguinaria, sugiere más que mostrar pero dice mucho como en su tiempo dijo Irreversible. Amante del caos, Noé lo genera esta vez con un buen pasón de LSD.

Con ello no pretende sentenciar o impartir lecciones o moralejas, su único objetivo es retratar la anarquía que nace cuando las cosas se salen de lo previsto y, en un misterio afortunado, algún perverso tira primero los dados.

Considerada el mejor película del género por el Festival Sitges en 2018, Clímax respeta fielmente las referencias (Kubrick y Pasolini), inspiraciones (Dario Argento y Andrzej Zulawski) y obsesiones de su director. Menos comprometido con la denuncia y más con sus gustos personales, en esta ocasión Gaspar se divierte con un ecléctico grupo de bailarines que representan un trágico acontecimiento ocurrido en los años noventa cuyos hechos verídicos dieron las bases de esta trama.

Un frío invierno, una celebración y personalidades intensas, promiscuas, homosexuales, bisexuales y adictas, se enclaustran en un pequeño edificio donde la cámara se pasea entre un salón, un largo pasillo, un baño improvisado y habitaciones reducidas. El mayor logro de la cinta es ejecutar la historia en ese pequeño espacio, tal y como si fuera teatro, pero las impactantes tomas picadas y contrapicadas nos recuerdan que es cine. Si bien abusa de ellas, pocas llegan a ser predecibles. Sus, ya acostumbradas, extensas secuencias esta vez son pesadas, no por el contenido sino por su  falta de sustancia. La violencia va muy lejos y no por lo explicito o depravado, sino por un lenguaje cinematográfico que irrita: cuadros aberrantes fortuitos, largos planos irrelevantes y una actuación poco creíble que raya más en lo pretencioso que en lo provocador.

El lenguaje obsceno y la humanización de los personajes con las entrevistas previas sobre su amor por la danza y su país, siguen aludiendo al humor ácido de Noé y a su necesidad de que el espectador intime con los actores; de los cuales, sólo Sofía Boutella (Selva) era actriz profesional, razón por la que la actuación de la mayoría del reparto es forzada. Esto hace que parte del poder del largometraje se sustente en los bruscos pero estéticos movimientos de baile: brazos torcidos, estiramientos y flexibilidad asombrosa, pelvis sugerentes, death drops; todo un espectáculo de voguing, popping, wacking, ragga y break dance que eran tendencia en los noventa. Excelentes imágenes (fotografías suculentas de Benoit Debie) de estos danzantes frenéticos que le dan al film el toque mágico junto a las tonalidades neón rojas, verdes y azules que ambientan el antro infernal.

Destacable el ritmo de los acontecimientos que se orquestan perfectamente con el compás del LSD en el cuerpo, mostrando en todo su esplendor el delirio, la ansiedad, la paranoia y la violencia de un viaje que se vuelve pesadilla. El efecto del alucinógeno, vertido por un desconocido en el ponche (una situación de conflicto bien planteada), se toma su tiempo hasta llevarlos al clímax donde se descubren, se autoflagelan y se vuelven salvajes.

El detalle de la madre irresponsable/responsable es de agradecer pues enfatiza la delgada línea entre la diversión y el peligro. Dicotomía que se encuentra en todo el desarrollo y en la oposición fundamental que se da en el colectivo (al que desde luego menciona con un cartel que ya anunciaba que “Vivir es una imposibilidad colectiva”): placer/dolor, vida/muerte, festejo/desgracia, creación/destrucción, ritual/caos, posesión y destierro.

La fiesta se convierte en cacería, continúa como desastre, desinhibición, oportunismo y termina como desgracia. La embarazada que primero es fuertemente golpeada para después autoapuñalarse, nos centra de nuevo en el universo Noé (que hace de sus cintas no una experiencia de cine, sino una experiencia en sí misma) así como la mujer que se envuelve en llamas y los hermanos que se abandonan al incesto, son secuencias que transgreden como agujas en la carne y devuelven la esperanza en la película.

La música y los gritos constantes son otro acierto que nos arrastra a esa vorágine. Un destino atroz resultado de la perversión de un compañero, un igual, un cercano del que no se imagina desea ver a todos sucumbir. Clímax es la fantasía hecha realidad de ese perverso que, como Elizbeth Roudinesco afirma, “circula con deleite, fascinado por la idea de poder librarse del tiempo y de la muerte.”[1]

[1] En su libro Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos. Ed. Anagrama. 2009.

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