Crítica: El Faro (The Lighthouse) (FICM 2019)

Robert Eggers es un genio que vive y respira por el cine, su nueva película El Faro es prueba de ello. La trama es simple: un hombre llamado Ephraim (Robert Pattinson) llega a trabajar al faro de una remota isla, en donde se encuentra bajo la supervisión de Thomas (Willem Dafoe), un viejo huraño y borracho. A causa de una tormenta, ambos se quedan atascados en el faro y paulatinamente van perdiendo la razón. Esta sencilla premisa es ejecutada de una manera deslumbrante con elementos de terror, fantasía y hasta comedia.

El Faro es de esas películas que no puedes creer existen y el simple hecho de que alguien la haya apoyado para distribución es motivo de celebración (gracias, bendito A24). Éste es un logro artístico sin igual. Este ataque a los sentidos te pone en los zapatos de su protagonista para llevarte por un desquiciado viaje psicológico que llega a lugares inimaginables. Filmando en blanco y negro con una proporción de 1.19:1 y en 35mm, Eggers provoca que desde el primer minuto sientas que estás viendo algo totalmente anormal, casi experimental. Con el paso de los minutos, la historia se va volviendo más y más surreal, Thomas y Ephraim forjan una complicada relación basada en leyendas de marineros, alcohol y confesiones, y tú como espectador, eres arrastrado al vórtex de locura para el cual no hay regreso.

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Este filme no da miedo, pero es una película de terror en el estricto sentido de que está desarrollando una pesadilla ante tus propios ojos, cosechando un aire de ansiedad y claustrofobia a través de todo elemento que exista en pantalla, pero también lanzando humor negro por aquí y por allá. El Faro te hace repetir en tu cabeza la frase ‘¿Qué carajos?’ una y otra vez, oblígandote a querer analizar cada escena, tarea complicada debido a la intensa edición que apenas si te da oportunidad de tomar aire. Cuando los créditos aparecen en pantalla, se desata un hambre por analizar el significado de lo que acabas de ver, y ahí encontramos algo muy valioso de El Faro: no te explica las cosas, es ambigua y puede estar sujeta a distintas interpretaciones. Cuando una película es capaz de hacer eso y a tal grado de profundidad, significa que estás ante algo descomunal.

Robert Pattinson (Good Time) viene haciendo ruido por todas las razones correctas y aquí, nos regala algo muy especial: su actuación es absolutamente espectacular y sin duda, la mejor de su carrera. El hombre pasa por todo rango emocional rumbo a su descenso a la locura, masturbándose, rugiendo, arrastrándose y mostrando una amplia gama de talentos: a través de sus ojos vemos furia, desesperación, miedo, lujuria, desdén y una total pérdida del control, resultando en una actuación que jamás olvidarás. Pattinson es sublime y en mi opinión, su esfuerzo debería ser premiado con una nominación al Oscar. 

El genio llamado Willem Dafoe (At Eternity’s Gate) encarna a un sujeto fascinante, un viejo parlanchín con un interesante sentido del humor que le ladra desagradables órdenes a Ephraim, se pedorrea por todos lados y utiliza un extenso vocabulario de marinero, repleto de complicadas líneas, metáforas y analogías. Todo esto es plasmado por un magistral Willem Dafoe, quien está en control total de su arte, creando una actuación para la historia, de esas que te ponen chinita la piel y te hacen amar al cine con todas tus fuerzas. Hay una escena en especial que estoy seguro contiene la mejor actuación que he visto todo el año y en la cual Dafoe exhibe cualidades de Dios. Tan solo por esa escena, el legendario actor tendría que recibir el Oscar, y si eso no se concreta, entonces la Academia está más desquiciada que los personajes de este filme.

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El diseño sonoro de El Faro es escalofriantemente bueno y una de las labores más completas que mis oídos hayan escuchado. Entre la tormenta rugiendo, el poder del mar, los gritos de las gaviotas, la inquietante alarma del faro, los extravagantes diálogos y el impresionante score musical de Mark Korven, la mezcla de sonido te atrapa y constantemente abofetea, obligándote a estar alerta de la pesadilla que se está viviendo en la isla y también sumergiéndote en las aguas de la demencia.

Entre La Bruja y ahora El Faro, Robert Eggers se ha certificado como una de las voces más poderosas de la industria, con la capacidad de forjar ideas sumamente complejas y plasmarlas con lujo de detalle, capitaneando todo elemento técnico a su disposición para alcanzar la perfección. El Faro ejemplifica todo lo que el cine puede llegar a ser: es cautivadora, intensa, creativa, atrevida, va a lugares que nunca te hubieras imaginado, te reta y te sorprende. Una espectacular obra psicológica como nunca se había visto que alcanza la luz sin caer de la borda.

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