Cine
Dollhouse: Muñeca Maldita, un retorcido y buen relato de terror japonés
Siguiendo la tradición de El Aro y La Maldición, Dollhouse: Muñeca Maldita usa la fórmula maldita mientras habla de la pérdida y el dolor que ocasiona
El terror clásico japonés vuelve a las pantallas mexicanas con Dollhouse: Muñeca Maldita, del director Shinobu Yaguchi (Waterboys, Swing Girls), mostrando que el cine asiático sigue latiendo fuerte y que las historias de terror son inagotables, ya sean del país del sol naciente o de otras latitudes como Corea del Sur y China. Ahora, toca el turno de una muñeca que no le pide nada ni a Anabelle ni a la muñeca fea de Vacaciones de Terror.
De qué trata Dollhouse: Muñeca Maldita
Kae Suzuki (Masami Nagasawa) y su esposo Tadahiko (Koji Seto), son una pareja que enfrenta la pérdida de su hija de cinco años. En plena aflicción, Kae encuentra una muñeca que guarda un parecido sorprendente con su hija fallecida, lo que la ayuda a sobrellevar el duelo. Pero cuando la pareja tiene una nueva hija, la muñeca reaparece en su vida cotidiana, desatando una serie de sucesos que perturban la dinámica familiar. Y por más que quieren deshacerse de ella, siempre vuelve por un abrazo.
Shinobu Yaguchi sale de su zona de confort creando comedias para revivir aquellos relatos de finales de los 90 y principios de los 2000 donde gracias a autores como Takashi Miike, Hideo Nakata o Takashi Shimizu el terror japonés conquistó al mundo. Explorando las aristas sobrenaturales del dolor causado por la pérdida de una hija, en Dollhouse el cineasta vuelca la esperanza convertida en maldad en la figura de una muñeca, que al principio sirve como vehículo de sanación hasta convertirse en una maldición tóxica que no puede soltar a la pareja que ha aprendido a seguir adelante.
Una de las cosas más llamativas para acompañar el relato es el diseño de esta muñeca infernal de nombre Aya. Diseñada por el especialista en efectos prácticos y maquillaje Kakusei Fujiwara, su diseño fue inspirado en las muñecas tradicionales japonesas del periodo Edo y en técnicas modernas de modelado. El cuidado en su diseño permite que genere por momentos expresiones cambiantes según el ángulo de la cámara. Curiosamente, Yaguchi tuvo dos versiones de la muñeca a la mano. Una altamente detallada para primeros planos y otra más ligera para escenas de movimiento, lo cual le permite usarla en momentos íntimos como en uno que otro susto inesperado.

Dollhouse: Muñeca Maldita también sabe generar una atmósfera de tensión alrededor de las acciones inexplicables que suceden a la pareja protagonista y a su hija. De buena forma, Yaguchi usa a este objeto inanimado como el arma de doble filo del relato, mismo que poco a poco se va trasnformando al mostrarse limpia y bella al inicio, cuando funciona como objeto de terapia, para paso a paso mostrarse sucia, desgastada y amenazante hasta revelar la verdadera identidad de la misma.
Sin necesidad de reinventar el género, la cinta toma el tradicional folclor japonés de los espíritus malditos y lo incluye en esta muñeca. A pesar de que no existe en su relato algo realmente novedoso, Yaguchi logra usar la fórmula de buena forma con buenas secuencias de suspenso y uno que otro jump scare usando los elementos clave del j-horror clásico como el cabello negro y largo o la blancura en la tez de nuestra muleca maldita que le da ese aire espectral, usando un poco de los recursos más de antaño del terror sobrenatural nipón.

Afortunadamente, Dollhouse: Muñeca Maldita también sobrevive gracias a las buenas actuaciones del cast, destacando sobre todo Masami Nagasawa como Kae, quien leva gran parte de la carga emocional de la narrativa. Nagasawa nos vende bien la tragedia inicial, su dolor y trauma psicológico hasta el gozo y, posteriormente, el sentido de amenaza ante los sucesos que amenazan con terminar nuevamente con su armonía familiar.
Claro que los lugares comunes del género también son inevitables. La banda sonora, por ejemplo, es muy sencilla y no enaltece la emoción dentro del filme siendo usada más que nada como acompañamiento para el susto fácil. Incluso la edición es común, cayendo por momentos en un parsimonioso ritmo en donde la atmósfera y la presentación del terror detrás de esta la salva de caer en algo plano o aburrido.

A pesar de esos detalles, Dollhouse: Muñeca Maldita se siente como una vuelta a esas historias clásicas de horror japonés en donde la narrativa de los demonios personales toma forma en criaturas o monstruos que nos persiguen, nos amenazan y nos asustan aún después de haber encarado nuestro dolor o pérdida.
Es en esa delgada línea donde las maldiciones más terribles o los fantasmas más terroríficos se crean, nacen y perduran en nuestra mente y alma. La moraleja que nos deja esta muñeca es el perdón mismo y el poder soltar las culpas, aquellas sombras que no nos permiten seguir adelante para continuar viviendo… o un espectro maldito seguramente vendrá a jalarte las patas.
