Pólvora Live
WE MISSED OURSELVES FESTIVAL 2025: el espacio perfecto para las pasiones de una escena nostálgica
Odio la Ciudad de México la mayoría del tiempo, no me gusta sentirme atrapado, amarrado de pies y manos, secuestrado. Todo el tiempo cuando visito estos lugares, que es diario porque aquí chambeo, tengo un delirio de persecución bien culero, pero otras veces aquello es emputamiento porque a todas horas hay tráfico, cierres viales, bloqueos, ojetes cobrando el estacionamiento a pie de banqueta o cuando esos weyes son el mismísimo gobierno vendiendo todo lo que pueden, incluyendo nuestras calles a las empresas de parquímetros.
Hoy es uno de esos días horribles. Salgo de mi casa en punto, dispuesto para disfrutar un poco de música de la que más me gusta, cuando me topo con el hecho de que el recorrido de la Ciudad de México a la Ciudad de México es de dos horas. Todo porque a unos estúpidos les parece entretenido ver a no sé cuántos fulanos dar vueltas a alta velocidad en una pista. Qué deporte más miserable. Fórmula 1 mis huevos.
Cuando por fin llego al punto, un montón de pandilla fuera de la ley está pidiendo de 200 a 250 pesos por dejar tu nave en algunos de los poquitos lugares que todavía quedan, pues todos los demás fueron usurpados por vejetes con camisas de Ferrari, Red Bull, Mercedes Benz, etcétera. Carajo.
Pero todas esas sensaciones desaparecen muy rápido de mi cuerpo apenas piso el Velódromo Agustín Melgar. En el medio de la pista, rodeado de gente, puestos, gradas y un chingo de sol, está montado el escenario del We Missed Ourselves, el mejor festival EMO que se haya realizado en este país, basado únicamente en los carteles que se presentaron durante las primeras dos ediciones, lamentando, claro, las bandas que se quedaron en el camino.
Tengo la sensación de que para mí todavía es difícil aceptar que por fin tenemos un lugar donde reunirnos todos para ser quienes queremos ser, lo que queremos ser. Aquí podemos vestirnos de negro, blanco, rosa y morado, traer cadenas de púas, sobra en los ojos, delineado en los párpados, en copete en la cara, los tatuajes en el cuello y nuestros Vans adornados artesanalmente, con plumones o estoperoles.
Quisiera decir que aquí nadie se queja de nadie, todos nos respetamos los unos a los otros, nos amamos sin siquiera conocernos, pero en las primeras filas nunca faltan los hijos de puta que le gritan estupideces a las bandas que no topan. No quiero sonar antaño ni intolerante. Jaja, pero pinches POSERS. Se les nota a distancia con sus pinches playeritas deslavadas negras, rotas de las axilas, mordidas del cuello. Apestan a axila y ya acumulan cuatro o cinco vasos de cerveza cuando son apenas las 3 de la tarde. Una escena tremendamente lamentable.
Pero siempre los buenos somos más, y en el público ya se empiezan a acumular los que tienen ganas de ponerse hasta el culo de riffs y breakdowns para tirar pogo. La primera banda en llamar a un círculo de chingadazos es Monde, mexicanos, que mezclan el emo con el metalcore, el rap, el trap y los sonidos electrónicos.
Oceans Ate Alaska hace lo propio, con un sonido parecido a sus antecesores, pero con más breakdowns, más guturales. Memphis May Fire trae a la escena un poco de metalcore, algo de nu metal, otro poco de rock bien macizo. La pandilla ya comenzaba a emocionarse porque sus héroes desfilaban uno por uno en las tarimas. Esta clase de momentos que los de la vieja escuela nunca pensaron vivir, pero que ahora pueden tragarse con sabor a triunfo. Porque esto es una victoria, estos espacios sucedieron gracias al sudor, la sangre, el aguante de los dosmileros que ya le hacían a los géneros alternativos y emocionales, sentimentales.
Entra entonces en acción la banda llamada WE CAME AS ROMANS con una muestra maravillosa, potente y rabiosa de metalcore, post hardcore y screamo, pero con varios toques de secuencias electrónicas que le dan un toque atrevido. El público ya estaba calientito, tenían varias horas poniéndose en la madre, pero querían más, nada fue suficiente para la insaciable escena emo nacional. Fue entonces cuando apareció Buddy Nielsen con sus músicos y una canción de Juan Gabriel de fondo. Varios de los más grandes himnos del emo nos dieron un poquito de nostalgia entre tanta potencia novedosa, tanta rabia generacional. Fue un momento lleno de recuerdos, donde cada uno de nosotros repasó lo que la vida ha sido hasta hoy, sobre como nos trató la adultez, la madurez. Sobre amores, despedidas, bienvenidas u olvidos, tropiezos, sollozos.
Venía la parte más potente de las acciones. Primero se nos hizo de noche, lo que obviamente llamada a los seres de oscuridad, a la verdadera parte violenta de quienes elegimos la vida del emo. Primero desfiló UNDEROATH. Este metalcore no viene empacado junto las otras bandas que nos cambiaron la vida. Lo suyo es muy más el desastre que los breakdowns, las baterías explosivas, los riffs rápidos y las melodías confusas, pero perfectas para darnos de chingadazos junto a wey disfrazado de LA PARKA, otro vestido completamente de Spiderman, los que terminaron con el disfraz roto, pero temprano asemejaron a un hotdog o un plátano.
Qué pedo con Beartooth. Suena emo, simón, muy hardcore, muy punk rock, muy pop rock con algunos toques electrónicos, pero también muchísima mano humana, muchos sentimientos, emociones, pasiones desbordadas en melodías hard rock potentes. Caleb sabe muy bien su chamba, así que baila, canta, salta y se encuera frente a una serpiente gigante de piedra que adorna el escenario. Se unieron niños, mujeres o ancianos a la euforia, a los pogos, al desmadre. Un show inclusivo. Eso fue un verdadero espectáculo, con fuego entre canciones, con solos de batería, con harto degenere. Hermoso.
Pero todavía nos esperaba el cierre a ritmo de heavy metal con el cabronsísimo de Andy Biersack y compañía en el escenario. Black Veil Brides no necesitó mucho para poner el lugar a todo. Apenas unas pantallas y la plataforma de su batería. Apenas aparecen esos cabrones en el escenario, la gente se pone como loca, porque sabe lo que nos espera. Están hechos a la vieja escuela, cuasi uniformados con pantalones apretados, chamarras de cuero, playeras sin mangas, de negro impolutos y cintas en la cabeza para sostener el cabello. Coño, lucen tan señores y tan geniales a la vez.
Entonces empiezan a sonar los escenarios, todos tocando con una precisión milimétrica que cualquier músico envidiaría. Son técnicos, bastante, son virtuosos, le saben a la chamba del hard rock, del glam, del emocore. Se hacen querer también, tocan espalda con espalda, hablan con el público, los miman, los consienten con sus canciones favoritas, y les hablan bonito para presentar las nuevas, mismas que los fanáticos ya se saben de principio a fin.
La última canción suena peligrosamente muy cerca de las 12:00 de la noche. La madrugada empieza a proclamar su terreno, mientras que el último tren del Metro de la Ciudad de México está muy cerca de salir de Pantitlán. Los más ágiles corren para alcanzar lugar, mientras que los fans de hueso colorado se resignan a tomar un UBER. Otros tranquilos porque su carro quedó bien estacionado, con unos cuantos pesos de por medio. La noche emo no muere, de hecho, es en este horario cuando empieza a nacer.
