Pólvora Live
Haragán y Cía en la Arena Ciudad de México: nuevos horizontes, nuevas rebeldías
El Haragán y Compañía es una de las bandas de rock mexicano que se tienen que ver al menos una vez en la vida si eres rocanrolero y si eres mexicano. Pero una vez nunca será suficiente cuando decidas entrarle al mundo del rock blues nacional. Cada concierto es diferente al otro, no solamente por lo obvio: el cambio de setlist o los invitados en la tarima, ni siquiera por el paso del tiempo que parece no estar dejando estragos en Luis Álvarez, quien sigue luciendo como todo un rebeldandy, de gran cabellera quebrada y actitud amigable. Todo un valedor juvenil.
Lo digo también porque hablamos de uno de los pocos artistas que adecúa su espectáculo con las circunstancias. No es lo mismo ir a verlo en el Vive Latino a las 10 de la noche, con la gente ya bebida, enardecida y agarrándose a chingadazos con la realidad ya bien distorsionada, funcionando como aspersor de chela tibia y miados calientes, empapados en sudor, que caerle a la siempre amigable Arena Ciudad de México, con sillitas en las primeras filas, desfile de outfits y comportamiento alineado a las reglas, con la rebeldía comprada. No hay de otra.
Y esta es la sensación que te deja un lugar de chelas caras, donde sobraron cientos, tal vez miles de butacas, donde los palcos o boxes tienen una pésima visualización del show y que tuvo que ser suspendido en primera instancia, bajo la premisa de que sí se realizaría, solo necesitaban más tiempo y decenas de promociones 2×1 para vender: el rock más afilado de la capital mexicana y su actitud en contra del capitalismo mordaz, su reclamo a la desigualdad, su naturaleza salvaje, ahora tienen un precio.

Pero si hay alguien que merece probar las mieles de los grandes fotos mexicanos, ese es Luis Álvarez. Su trayectoria ha sido de resistencia, de permanente lucha en contra del racismo, del clasismo, la xenofobia y las etiquetas de ser una banda únicamente de barrio, únicamente de foros pequeños, de carpas alejadas, de ferias de pueblo.
Si existe una banda que merece tener grandes pantallas, sonido profesional, fuego, humo, chispas, confeti y show de luces, es El Haragán, quienes por más de 30 años insistieron en llevar el sonido más mexicano del blues, la lucha social y los reclamos anarquistas hasta los rincones más escondidos de este país, siempre pensando primero en el acceso a la cultura para los más pobres, tocando gratis en escuelas o teatros locales entre La Banda el Récodo y La Arrolladora Banda El Limón.
Donde algunos aseguran que fracasó rotundamente por la primera cancelación y por las secciones sin vender o las butacas vacías, solamente están pensando en el éxito como un logro monetario, pues hay muchas cosas más que valen la pena, como ser una de las pocas bandas del rock blues mexicano que ha tocado no solamente en una arena de grandes dimensiones como esta, también se ha aventado al Pepsi Center, el Auditorio Nacional y desde luego el Teatro Metropolitan, donde miles de personas se aventuraron a cantar los temas a todo volumen. El aplauso, emoción reconocimiento del público no te lo dan nadie ni nada más.

La energía previa que hubo en la Arena Ciudad de México nos da la razón. Desde tempranas horas ya podían verse muchas personas alrededor del recinto, estacionando sus automóviles o comprando mercancía afuera del mismo. Varios hasta quisieron entrar temprano y empezar a beber con prontitud. Se esperaba una noche realmente mágica prometida por el propio Luis Álvarez.
Apenas empezaron a sonar las primeras canciones, y la gente cantó sin parar, pero literalmente sin pararse porque a lo largo de la jornada, esa energía desbordante que se podía sentir en las calles aledañas, se convirtió en un ambiente agüitado, donde la gente prefirió bailar desde la comunidad de las butacas, apenas moviendo los brazos a la cabeza. En la pista se podía ver uno que otro atrevido que se salió hacia los pasillos para echar unas buenos pasitos cruzados, pero nada más.
El setlist tampoco tuvo muchos cambios en los que estabas acostumbrados a escuchar a lo largo de la carrera del Haragán o por lo menos de los últimos años, ya que no faltaron los grandes temones y los hitazos históricos, así como alguna que otra que suena poco en los conciertos en vivo, Pero la sorpresa tampoco fue mayor.
Sin duda, hay que aplaudir el esfuerzo que hizo Álvarez con este concierto, pero también valdría la pena seguir preguntándonos si el rock and roll tiene cabida en un espacio lleno de butacas, o si debería volver a las grandes secciones de pistas donde la gente puede bailar libremente, empujarse, soltar guamazos y desenchufarse de los problemas cotidianos, o si ya es necesario repartir café y panecito, que los conciertos empiecen a las 4 de la tarde.

