Pólvora Live
Kapanga y La Mosca en Foro Puebla: el lenguaje del amor
Las bandas argentinas dieron uno de los conciertos más sabrosos de los últimos meses
Llevaba días pensando en aquello que lleva a una persona a utilizar una canción para hacerte sentir mal. Cómo es posible que algo tan hermoso como el arte de las notas, los acordes, los tonos y semitonos, los compases, ritmos o melodías, sea utilizado para lastimar. Si es tan hermosa la forma en que todos estamos bailando esta noche, tomando la pista para divertirnos, abrazarnos entre desconocidos, cargan a corazón abierto.
A veces únicamente hay que dejar de pensar, apagar el cerebro y disfrutar un momento de todo lo que te rodea, hacerte acompañar por las bocinas que el Foro Puebla preparo con detalle para que Kapanga feste sus 30 años de la mano de Guillermo Novelis, también conocido como La Mosca.
Pero a veces también hay que resignificar las canciones. No importa lo que te recordaron alguna vez, ni lo que emocionalmente evocan cuando revienta el primer sonido de la guitarra que las toca. No se puede vivir siempre triste, no se puede pensar todo el tiempo en el pasado ni se puede recordar con rencor en todo instante, mucho menos cuando el presente me empieza a pintar mejor.
Y en esas reflexiones La Mosca decide saltar el escenario y no entonar ni una sola canción de desamor melancólico. Hoy decidieron salir al ruedo con su repertorio de odio desmedido, con sus pocas ganas de superación sana. Las palabras no significan mucho para mí esta noche, aparentemente, pero de pronto me veo cantando “El Demonio está en esa mujer“, y un fuego que la ciencia seguramente ya estudió, quitándole la magia al sentimiento, empieza a recorrer todo mi cuerpo hasta las entrañas. Pero el protagonismo se lo quita rápidamente la sabrosura del ska con chumichurri.
“Cuando no tengas dónde ir, cuando me sangre la nariz, cuando te duela la cabeza y se termine esta cerveza. Cuando las alas de tu avión se derritan sin razón y el cáncer de la soledad te haya matado en la ciudad”, canta Novelis, oculto detrás de sus enormes lentes oscuros, y dejando que la pandilla entone a capella con sus gargantas ya borrachas, entre sudores con olor al axe dando sus últimos minutos de fuerza a las axilas.

30 años de Kapanga en CDMX
Es entonces, opacado por la oscuridad y el abrupto silencio de los presentes, cuando me doy cuenta que uno de los grandes héroes de mi adolescencia pisa el escenario de aquel foro rodeado de una colonia gentrificada entre puestitos de comida oficinista. El grito unísono de amor por el Mono me cambió la perspectiva de la noche.
¿Por qué no simplemente me dejo llevar por el oleaje de las guitarras, por la potencia de la batería y el ritmo caribeño del bajo? Kapanga se puso de acuerdo con el mood y aventaron lo más bellako del repertorio, pero apelando al sentimentalismo del cariño mutuo, sin barreras ciegas de malas vibras profundas de por medio que te impidan sentir bonito cuando Desearía, El Albañil, El Universal o No me sueltes empiezan a desfilar por el setlist.
“A veces llega ese día que todo concluye para anochecer y en ese instante yo ruego que estés a mi lado por última vez. Si ya no hay luz, qué ironía, serías mi guía en esta oscuridad y tus huellas seguiría como el primer día hasta la eternidad…”

Ella dice que la música es el lenguaje del amor que conozco, y claro que tiene toda la razón. Momentos externos me llevaron al pensamiento de que una canción no es suficiente, no dice suficiente, no expresa suficiente ni es posible sostenerlo todo con solamente 3 minutos de instrumentos, voces, ruido, silencio, riffs, experimentación, mezcla, multiculturalidad.
Pero hoy, me doy cuenta de que sin la música es imposible que hubiera podido hacer amigos, lazos tan fuertes como los que nos sostienen cada semana, cada mes, cada año que pasa. De que sin la música, ese sentido de pertenencia en mi familia no existiría, y terminaría siendo yo un extraño extraviado en mi propia casa.
De que sin la música, probablemente nunca nos hubiéramos conocido, ni estaríamos esperando el momento perfecto para entregarlo todo sin miedos, sin bloqueos, sin dudas, pero con la esperanza de que este sueño llegue hasta donde lo prometimos mirándonos a los ojos. Sin mentiras. Transparentes.

Y que sea el rocanrol, el ska, el punk, el heavy metal, la cumbia, la salsa y el reguetón aquello que nos acompañe siempre por todas partes, testigo de lo que fuimos capaces de hacer aun en nuestros peores momentos. Súbanle a esa madre.
“Quiero escapar, quiero dejarte en mi pasado, la ciudad no me permite ver el sol. Y si no me encontrás, quisiera que mires al mar, yo estaré mirándolo en otro lugar…”

