Cine
El Ritual del Nahual: Una propuesta honesta de terror folclórico que expande el mito de Tekenchu.
Carlos Matienzo enfatiza que el género permite procesar temas tan extremos y dolorosos, que este trabajo de terror folclórico propone una visión casi esperanzadora dentro de su tragedia.
Hace algunos años, durante el Festival Internacional de Cine de Horror de la Ciudad de México: Macabro, descubrí un curioso cortometraje titulado Tekenchu (2020). Al terminar dicho visionado, quedé maravillado por su historia, su atmósfera y su impecable fotografía; recuerdo haber pensado que aquello merecía, sin duda, expandirse hacia un largometraje.
El tiempo, ese gran artesano, transformó aquella semilla de pensamiento en “El Ritual del Nahual”, una cinta impulsada por Cinemex que finalmente llega a las salas nacionales.

Y déjenme decirles que es un acierto refrescante que directores locales apuesten por el terror folclórico. En un territorio que resguarda un mosaico de culturas ancestrales, lleno de color y misticismo, las historias sobran en cada callejón, bosque o valle. Frente a un mercado que a menudo apuesta por los clichés de la comedia romántica “mexa” -género que de vez en cuando sobresatura nuestras pantallas con las mismas historias o el mismo elenco-, el director Carlos Matienzo Serment y el guionista y actor Gerardo Oñate han decidido crear una historia íntima y mágica.
Una pieza que utiliza la leyenda para hablar del hartazgo de una época y plantear un drama social profundamente interesante.

De qué va: El Ritual del Nahual
Ambientada en los densos bosques de San Luis Potosí, la trama nos presenta a Isabel (Alejandra Herrera) y Teresa (Caraly Sánchez), dos curanderas que resguardan a Gabriel (Gerardo Oñate), un fugitivo herido que llega a un pueblo atenazado por el miedo. Paralelamente, el agente federal Vicente del Parral (Gerardo Trejoluna) arriba a la zona para investigar una serie de crímenes atroces: cuerpos de niños hallados sin dientes.
En esta tierra, donde lo sagrado y lo salvaje se desdibujan, una antigua fuerza guardiana despierta para observar, juzgar y castigar. La película nos recuerda que, en estos parajes, la justicia no siempre viene del hombre… emana directamente de las entrañas del bosque.

“¿Puede el hombre juzgar a aquellos que se ocultan en la oscuridad?
Quédate con nosotros, oh príncipe todopoderoso.”
EL OJO Y LA MENTE DEL NAHUAL
Visualmente El Ritual del Nahual, destaca por una fotografía de Roberto Chávez Bañuelos, que captura el desgaste de los espacios: desde el encierro claustrofóbico de una habitación con la luz de una veladora o los rayos del sol entrando a través de una ventana, hasta la oscuridad del bosque potosino, pasando por la luz sacra de una iglesia.
Por momentos, esa atmósfera nos evoca a los escenarios y momentos en la nostalgia de los mejores episodios de series como 13 Miedos o Lo Que La Gente Cuenta.

La dirección de Carlos Matienzo se caracteriza por un uso recurrente de planos cerrados (close ups) para resaltar la mirada y el sentimiento de los personajes, así como de algún momento en un marco contemplativo.
Si bien él logra momentos interesantes, en ciertos tramos la magia parece romperse al no permitir que la escena respire o se contemple del todo (como ocurre en la persecución del cura o el escape final en auto, que remite inevitablemente a la estética de la primera entrega de Jeepers Creepers).

LA HISTORIA Y ALMAS QUE LA CONFORMAN
Como dato curioso, el propio Carlos Matienzo relata que la chispa definitiva para la cinta surgió de un encuentro místico en la Huasteca: mientras filmaba cerca de un río, un guajolote voló directo hacia él. Fue una curandera local quien sentenció que se trataba de su ‘nahual protector’, un suceso que terminó por redefinir su visión sobre esta historia.
Matienzo guía a su elenco por buen camino en El Ritual del Nahual, aunque el guión de Oñate parece estar diseñado primordialmente para el público de nicho que ya conoce esto desde Tekenchu, dejando algunos huecos narrativos, tropiezo de ritmo y pequeños o ligeros fallos en su segundo acto. Sin embargo, el tercer acto se agiliza notablemente, regalándonos un cierre mágico elevado por una banda sonora y creación de Fernando Arroyo Lascurain y Juan Carlos Enríquez con potencia tribal que se queda grabada en el oído hasta que los créditos finalizan.
El compromiso del elenco en El Ritual del Nahual es absoluto.

Gerardo Oñate brilla con un Gabriel desorientado, misterioso e inspirado en la oscuridad del “Monstruo de los Andes”, mientras que Alejandra Herrera entrega a una Isabel atenta, silenciosa y táctica; ambos proyectan una complicidad y misterio que energiza la pantalla.
Por su parte, Caraly Sánchez (Teresa) aporta una presencia fría y retadora que sirve de puente entre lo sobrenatural y lo social. Finalmente, Gerardo Trejoluna encarna a un agente de la “vieja escuela” que aporta el carisma y el anclaje necesario para este viaje tribal.

VOCES DE LA CONFERENCIA: La Filosofía detrás del Mito
Pero antes de terminar por completo este escrito, debemos profundizar en el impacto de la obra, donde es vital recuperar lo compartido por el equipo durante su reciente encuentro con la prensa y la presentación a medios de este trabajo, en donde nos dejaron claro que esta no es solo una película de “monstruos”, sino un ejercicio de responsabilidad social.
El cine de terror se convierte aquí en una herramienta de sublimación y realidad, donde el director Carlos Matienzo enfatiza que el género permite procesar temas tan extremos y dolorosos como la desaparición de menores de una forma responsable.
Bajo esta premisa, El Ritual del Nahual propone una visión casi esperanzadora dentro de la tragedia; como afirma el propio Matienzo: “Si tenemos un mundo donde un Nahual es protegido en una comunidad alejada, vivimos en un mejor México”.

Esta figura mítica no solo habita la fantasía, sino que abre el debate sobre las autodefensas fantásticas, un dilema planteado por Gerardo Oñate al cuestionar la justicia por propia mano. Ante autoridades insuficientes, el Nahual surge como una entidad capaz de ejercer una justicia “objetiva” al desprenderse de su naturaleza humana, tocando así fibras sensibles sobre la psicología de los linchamientos en nuestro país.

Este misticismo se sostiene gracias a la fuerza matriarcal que Alejandra Herrera e Caraly Sánchez destacan como el corazón del relato, priorizando la importancia de retratar a la mujer mexicana real. “No somos vikingos ni amazonas, somos mestizas”, comenta Herrera, reivindicando nuestra identidad. En sintonía, Sánchez defiende la figura de la curandera como la verdadera imagen de poder y respeto en los pueblos, calificando la película como un acto de congruencia que dignifica nuestras raíces y las entrelaza con el género fantástico.

EN CONCLUSIÓN: El misticismo como refugio y espejo
El Ritual del Nahual es un ejercicio valiente de cómo una idea pequeña puede expandirse hacia una cosmogonía mayor.
La cinta brilla con luz propia en su apartado técnico: la fotografía de claroscuros captura una atmósfera asfixiante y sagrada a la vez, mientras que la dirección de Carlos Matienzo, aunque por momentos claustrofóbica, logra extraer buenas interpretaciones de un elenco totalmente entregado al proyecto. Mención aparte merece la banda sonora de Lascurain y Enriquez, cuya potencia tribal no solo acompaña, sino que eleva el tercer acto a una experiencia sensorial que retumba mucho después de que se apaga la pantalla.
No obstante, el ritual no está exento de “costuras”. El guion de Oñate y el ritmo del segundo acto delatan su origen; la película parece esperar demasiado a su público de nicho -aquel que ya viene cautivado desde Tekenchu-, dejando huecos narrativos que podrían desconectar al espectador casual que busca una estructura más convencional.

Una obra que no teme ser hermética, sacrificando a veces la fluidez en favor de la atmósfera. Aun con estos tropiezos, el resultado es un trabajo honesto y profundamente comprometido.
No busca ser una maravilla comercial absoluta, pero logra colocar el terror folclórico en el radar nacional con una dignidad necesaria. Es una propuesta que nos recuerda que, ante el vacío de las autoridades y el desgaste social, todavía nos queda el refugio de nuestras leyendas para intentar procesar la oscuridad. Una pieza necesaria para seguir apoyando a los directores que se arriesgan a mirar dentro del bosque y de nuestra propia identidad mexicana.
